Posicionamiento del artista en el marco socioeconómico actual

 

El hombre siempre ha sentido admiración hacia aquello que rozase la excepcionalidad[1] y, se ha visto en la necesidad de contar historias e ilustrarlas. A lo largo de la historia, el arte ha constituido una parte importante para la construcción de cosmovisiones en las sociedades. Vasari, un historiador, biógrafo de grandes artistas coetáneos a su tiempo durante el renacimiento, afirmaba que los hombres hacedores de arte eran poseedores de dotes de excepcionalidad en cuanto a habilidades técnicas en la manera de manipular la materia y moldearla con el fin de recrear seres y/o situaciones presentes en la naturaleza o imaginadas y, sensibilidad e inquietudes fuera de un común denominador dentro de una sociedad.

Antes de dar cuenta del punto de situación del artista, actualmente, y la herencia del arte en el presente, es necesario enfocarse en los antecedentes más significativos del pensamiento humanista de la modernidad.

Nos remontamos a los siglos de la Ilustración, ya casi al final de esta etapa, -hacia finales del siglo XIX-, los valores humanistas destacados hasta entonces como el universalismo, los derechos humanos y otros; son cuestionados y entran en crisis. Es entonces cuando entra el mundo en guerra. Ésta aparece como posibilidad de renovación de un mundo ya caduco. Las Grandes Guerras suponen el fin del pensamiento moderno y, con ello, el arte de la Ilustración. En un mundo hecho pedazos, el arte asume la tarea de explorar la verdad y la comprensión.

La vía de la verdad y el embarcarse en la comprensión de la realidad devastada por la guerra se exige para logar una vía reconciliadora y catártica de la humanidad. El arte entra en un proceso de deshumanización en el que la imagen ya no es poseedora de rostro humano; es un arte en el que la forma aparece des-construida tal como se muestra la realidad en ese momento: destruida. De este modo, según Ortega y Gasset en la Deshumanización del arte, sucede ahora la exigencia de mostrar las cosas tal como son y no de acuerdo a la recreación de unos ideales como ocurría durante la época de la Ilustración.

La deshumanización es ya la propuesta de una concepción humanista alternativa. Entonces, la realidad se centra en la representación de ideas, conceptos difícilmente identificables en calidad de objeto tangible por el observador. En el nuevo arte, se haya la pretensión del despertar de conciencias[2].

Por su parte, Roland Barthes, -otro de los referentes para entender la posición del artista en estos momentos-, contribuye a definir la situación del arte de siglo xx y, más en concreto, la escritura de la contemporaneidad. En su ensayo La muerte del autor, define muy claramente la posición del autor-creador contemporáneo. La imagen Autor-Dios ha quedado desacralizada. El autor ya no es una persona de la cual emana un mensaje original, trascendente y quasi teológico, sino que se limita a mezclar ideas, mitos y escrituras ya existentes. Por tanto, el productor final del autor, según lo entiende Barthes, no es nunca original creado por una única voz[3].

Entre el Renacimiento y la Ilustración, en las sociedades occidentales, puede entenderse la figura del autor como una persona endiosada, con cierto prestigio, gracias su originalidad creativa. Sin embargo, en las sociedades tribales, el relato jamás fue la creación de una única persona. Sí que es cierto que existía un mediador que poseía el dominio del código narrativo. En estas sociedades el relato nunca había sido poseedor de la identidad de un creador.

En el pensamiento de la contemporaneidad es revelador el hecho de que el objeto del texto es la parte que cobra relevancia, relegándose a un segundo plano la figura del autor. Es decir, no se trata ya tanto de quién ha hecho qué, sino de qué es lo que ha hecho quién y cuáles han sido sus fuentes. Y la obra se convierte en un espacio donde confluyen diversas escrituras o ideas, -de las cuáles ninguna de ellas es la origina. Todas ellas provienen de múltiples focos de la cultura.

La escritura contemporánea, entonces, ya no tiene un sentido último y trascendental; sino que se caracteriza de ser múltiple en cuanto a la recogida de ideas e interpretaciones. Por tanto, es en este momento cuando el papel del lector cobra importancia y, podría decirse que lo mismo ocurre en el ámbito del arte: el espectador es quien ahora cierra el significado de la obra, elaborando su propia interpretación y dándose lugar a múltiples voces de opinión e interpretación sobre un texto o una obra. Como dijo Roland Barthes,

<<el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor>>.

 

Y adaptando el significado de la cita al campo de las artes visuales, podríamos decir,

<<el nacimiento del espectador se paga con la muerte del Autor>>.

 

De toda esta parafernalia, hemos visto y podemos añadir que los cambios en las artes, al igual que en el pensamiento, la economía y política en las sociedades, son inevitables. Los cambios se hacen visibles en más o menos tiempo, dependiendo de las condiciones específicas de una sociedad. Una sociedad decide qué artes se ven afectadas a transformación, de qué modo y su aceptación, en función de los valores culturales de una sociedad en particular y el grado de posición ocupen en la misma. Por tanto, las diferentes formas artísticas no cambian al mismo tiempo, no lo hacen en el mismo grado, y éstas no se relacionen de un mismo modo con el cambio social[4].

 

Sin embargo, no hay que perder de vista el objetivo de esta investigación que es la recepción de la obra de arte en la sociedad y, en concreto aún, la promoción y el comercio con la misma. Entonces, no podemos perdernos en detalles históricos ni literarios; sólo los importantes para contextualizar. Tanto el trabajo como el trabajo esencialmente artístico, se han visto afectados, para bien o para mal, por las directrices del capitalismo, marco socioeconómico en el que la sociedad global se haya en el presente[5].

Con la aparición del capitalismo, el artista sufre la separación de cualquier grupo social definido y, en cuanto al mecenazgo, desaparecen las antiguas formas de mecenazgo y es cuando aparecen los marchantes de arte. Sin embargo, antes de que llegara el capitalismo, los artistas estaban muy integrados en las estructuras sociales en las que trabajaban pintando y escribiendo por encargo para patronos aristócratas, exponiendo en Academias[6].

El sistema del siglo XV, integraba a patronos y a la Academia pero, poco a poco, fueron siendo sustituidos, progresivamente, por el sistema de críticos y marchantes de arte. Actualmente, se han creado sistemas de becariado, impulsados por el gobierno o instituciones privadas con el fin de apoyar la producción en los proyectos de artistas[7].

<<En todas las épocas, influye el modo en que los artistas y escritores desarrollaron su carrera y, por tanto, los valores y actividades particulares que los llevaron hacia ella a través de su familia y orígenes sociales afecta al tipo de trabajo que realizan como artistas y si la formación especializada tiene también su parte, los procesos de la institución del aprendizaje puede “formar” a artistas e influir en la dirección de su desarrollo>>. (Wolff: 1997: 49).

Hay que tener en cuenta que la creación y producción de la pintura no es 100% libre; puede verse afectada explícitamente por las demandas de los patronos y por los encargos. Y puede estar implícitamente afectada por el tipo de formación que recibe el artista y dónde[8]. Las influencias sociales que circundan a una obra artística son indirectas; puede influir en su producción, distribución y recepción, – todo depende de la demanda del gusto de la época.

La recepción de una obra estará determinada, no sólo por las actividades de los críticos; las cuales influyen a la recepción y al éxito de una obra, sino también estará tremendamente influida por la situación histórica de la obra artística, literaria, musical, visual o escénica .

Según Vázquez, <<el artista está sometido a los gustos, preferencias, ideas y nociones estéticas de quienes influyen en el mercado. En la medida en que produce obras de arte destinadas a un mercado que las absorba, el artista no puede dejar de prestar atención a las exigencias de este mercado: éstas afectan muchas veces tanto al contenido como a la forma de una obra de arte, poniendo por tanto limitaciones al artista, ahogando su potencial creativo, su individualidad>>[9].

Entonces, el éxito de un artista en la sociedad no sólo está determinado por el gusto de una determinada época sino también al nivel económico del país; lo que significa que a mayor PIB de un país, mayor es la posibilidad invertir gastos en producción y promoción en arte (clasificado, normalmente, dentro del sector lujo ya que entra dentro de gastos superfluos en un país) y mayor será la oferta y, a su vez, una mayor demanda. Normalmente, el arte es promocionado y se da a conocer al público a través de mediadores como:

  • Galeristas
  • Críticos
  • Art consultants
  • Publicistas
  • Conservadores de museos
  • Editores de periódicos

Finalmente, es importante tener en cuenta que, toda creación de arte es una expresión de los valores e ideas de la sociedad, política y economía de un lugar determinado. Y por lo que, en función de la ideología de la obra, la del personaje patrocinador y la sociedad donde ésta sea promocionada, se podrá estimar más o menos su acogida en dicha sociedad. La obra de Bartolomé Esteban Murillo no sólo tuvo una excelente acogida entre los habitantes de Sevilla, -la ciudad natal y de residencia en vida del pintor-, gracias a su gran habilidad técnica. Sino también a la representación de una serie de valores e ideas visibles en la temática de sus obras, muy valoradas en la época en la que le tocó vivir al pintor. Sí es cierto que hoy en día, hay una mayor pluralidad en la comprensión y apreciación de unos valores e ideología de relevancia, según para que sociedad o grupo contracultural. Por lo que, puede resultar más complejo estimar la acogida de una obra de arte determinada en un momento determinado y, según para qué lugar, -dando por sentado que la obra de la que estamos hablando es de calidad, que siempre es más atractiva al público.

[1] Dorfles, G. (1973). Nuevos ritos, nuevos mitos. Barcelona : Lumen,.

[2] Ortega y Gasset, J. (1991). La deshumanización del arte y otros ensayos de estética ([7a. ed.] ed.). Madrid : Revista de Occidente en Alianza Editorial,.

[3] Barthes, R. La muerte del autor. En: (Compagnon, 2007)

[4](Wolff, 1998) Pág. 34.

[5] Wolff, J. (1998). La producción social del arte. Madrid : Istmo,.

[6] Íbd. Pág. 25.

[7] Íbd. Pág. 60.

[8] Íbd. Pág. 49.

[9] Íbd. Op. Cit. Pág. 32.